No distingo al hombre de la máquina
Debajo de Terminator
parece que se escondan estos versos de Roberto Juarroz: “El futuro no existe, /
sin embargo cambia”. Planteándonos un futuro en el que las máquinas dominan el
planeta y exterminan a los humanos, James Cameron consiguió sacudirse de encima
el suspenso crítico que supuso Piraña 2,
y, de paso, legó al cine una de las más desoladoras y oscuras películas de
ciencia ficción de todos los tiempos. El prólogo ya nos lo advierte: estamos a las
puertas de un futuro aterrador, y nosotros somos los únicos culpables. Sergio
Benítez dijo en Blog de Cine que
Cameron, con esta película, alejaba al género de las aventuras espaciales de
George Lucas y su lúdica Guerra de las
Galaxias, acercándolo a tonalidades más graves y reflexivas, pero creo que
ese paso ya lo había dado antes Ridley Scott con sus dos insoslayables
aportaciones al género (Alien y Bladerunner).
Breve resumen. En Los Ángeles aparecen, en 1984,
dos tíos en pelotas (Arnold Schwarzenegger y Michael
Biehn). Buscan a Sarah Connor (Linda Hamilton). Uno la quiere matar. El otro
no. ¿Por qué es Hamilton un bien tan preciado? Porque dará a luz a John Connor,
futuro salvador de la humanidad que sobrevive en las ruinas del mundo post-apocalíptico,
arrasado, del que provienen los viajeros del tiempo. Las máquinas, creadas por
nosotros, quieren más. Desarrollan una inteligencia independiente, autónoma, y quieren
más. Aquí hay que añadir un detalle. Biehn viaja al pasado por amor. La única
cosa bonita que posee en el futuro es una foto de Sarah Connor. De tanto admirarla,
de tanto encantarse con esa foto en los subsuelos infectos de esa Los Ángeles
futurista, se enamora de la mujer (o de su idea de la mujer), de su mirada perdida. Esto recuerda mucho a una de las más bonitas novelas del
género: En algún lugar del tiempo, de
Richard Matheson. No sé si es un guiño, pero definitivamente lo parece.
Pese a lo mencionado por Sergio Benítez, el
mérito de Cameron hay que buscarlo en otra parte. Sí, al contrario que en La guerra de las galaxias, el tono es frío,
opaco, desolador, pero eso no es novedad. Ya lo habíamos visto en Rescate en Nueva York, de Carpenter. Cameron
supo aunar la crítica social, el amor (siempre presente en su obra, cosa no
siempre acertada), la creación de un mundo visual hasta entonces difícil de
concebir (lo suficientemente alejado de la visión bladerunneriana de la ciudad como para no ser mera copia), un Schwarzenegger mitad hombre, mitad máquina, un presente oscuro, húmedo, y unos
flashforwards prometedores de un futuro enfermo, y todo con un ritmo trepidante
muy en la línea del mejor cine de acción de los ochenta. Ese es el aporte de Cameron, yo creo. Sin embargo, respecto
a la inclusión de Terminator en la
nómina de mejores películas de acción de los años ochenta, David Seed, en su
librito Science Fiction. A very short
introduction, dice que la película “rompe el molde de las películas de
acción al mostrar la derrota de la máquina a manos de la pretendida víctima
femenina”. Un giro gratificante. Asimismo, Cameron puede ser frenético pero no
descuida el detalle. El montaje de algunas escenas rompe el ritmo y la
personalidad habitual del cine de acción, como cuando en uno de los flashforwards
vemos cómo burbujea, en llamas, la famosa foto de Sarah Connor, y la cámara se
acerca hasta que ya solo vemos sus restos carbonizados, y luego funde a la cara
de Linda Hamilton en el presente, agranda el plano, y la vemos en brazos de
Michael Biehn. Una maravilla de montaje.
O la escena del motel. Vemos que el soldado es
vulnerable frente a una mujer. Con, casi por primera vez, una luz tenue, cálida (frente
a la oscuridad azulada, brumosa, de buena parte del metraje), la pareja habla,
fabrica explosivos, especula sobre su futuro inmediato. Pero cuando Hamilton
coge las riendas de la situación, ve que el soldado no ha tenido tiempo de amar
a nadie, de hacer el amor con nadie, de besar ni ser besado en ese futuro
triste y mortecino. Respecto al personaje de Hamilton, siempre es estimulante que la salvadora sea una chica. Pero cuando esa chica es una camarera que no tiene ni idea de nada, resulta mucho más estimulante. Siempre me pareció un acierto de guión. Ese azar alivia un poco el tono mesiánico, algo molesto, que adquieren algunos discursos a favor de John Connor de Michael Biehn.
Por otra parte, cómo domina Cameron el tempo.
Vemos a Linda Hamilton hablando con su madre por teléfono. La vemos a ella.
Vemos que, ante la comprensible insistencia de su madre, cede y le dice dónde
está. Luego, vemos una puerta destrozada, muebles volcados, una
mano enorme al teléfono, y la terrorífica incongruencia de ver que la dulce voz de su madre sale del Terminator. Sabe Cameron cuándo tiene que frenar, dilatando el tiempo. Con un montaje y un lento movimiento de
cámara nos explica hasta qué punto es sofisticada esta máquina de
matar.
Montaje, fotografía e interpretaciones excelentes
(aunque a mi juicio le sobren gritos a Biehn al principio de la película), y
una música ya tan reconocible como la de Tiburón,
las trilogías de Indiana Jones o Regreso al Futuro, y esa puesta en escena ya icónica,
han contribuido a forjar un imaginario único alrededor de esas máquinas, de
ese año 2029 en el que el ser humano ya casi no existe. También, claro, los efectos
especiales, que han envejecido algo peor que los de The Abyss, por ejemplo, pero que, lejos de ser eso un lastre, consiguen que perdure
la sensación de angustia al ver cómo la máquina, escalpelo en mano, se arranca
un ojo, deshumanizándose. Así aporta Cameron su versión futurista de algunas escalofriantes
escenas de ojos como la famosa de El
perro andaluz de Buñuel o la escena de la desgarradora astilla en el ojo de
Zombi 2, de Lucio Fulci.
Tanto el prólogo de la película como su epílogo
son piezas brillantes de narrativa contenida. Agrandan la obra,
le quitan límites. El prólogo es el futuro. El epílogo es el pasado. Un pasado
que tiene por delante un mundo que ya hemos visto en el prólogo y en las
pesadillas de Michael Biehn. Poderosas imágenes para enmarcar una de las
mejores películas de los años ochenta, y quizá la mejor película de James
Cameron.
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