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Hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles

Ejercicios de supervivencia, de Jorge Semprún, no es solo una reflexión sobre la tortura. Cierto, nunca antes la había abordado tan explícitamente, tan abiertamente como en estos ejercicios, y por eso es normal que nos centremos en ese aspecto, pero no es solo eso. También tiene tiempo para pararse en otros momentos de su memoria. El epicentro de su obra es la memoria, y el epicentro de su memoria es Buchenwald, así que no sorprende este último arranque memorialístico, que vuelva una y otra vez sobre ese imán que es el campo en su memoria, pero tiene también otros epicentros colaterales: su paso por el Partido Comunista de España, su creciente reputación como escritor e intelectual, su paso por el PSOE como Ministro de Cultura. Son los grandes hitos históricos que jalonan su memoria. Aquí, en su último libro, asistimos a ese vaivén habitual de sus narradores, que todo lo controlan y que no dejan ningún cabo suelto en el camino. 

Al hablar de sus torturas, Semprún no cae en la autocomplacencia, ni se autoadjudica, como vemos en un fragmento de la página 65 (que no citaré), la épica del sufrimiento, o, mejor dicho, la épica de la resistencia al dolor. Soledad Fox Maura escribe, en la página 69 de su biografía –Ida y vuelta. La vida de Jorge Semprún-, que, aunque el autor dice que sobrevive a las torturas sin delatar a nadie, nunca sabremos si los torturadores lo dieron por imposible o “si intervino en su defensa el embajador español en Vichy”. Me gusta que la biógrafa no haya confundido su labor con la del hagiógrafo, que hurgue en los tramos más oscuros de Semprún, y me gusta ver que, si bien el autor no menciona esa posibilidad, la de que dejaran de torturarle por presiones ajenas, tampoco se otorga el mérito absoluto de la supervivencia ni una victoria moral definitiva sobre sus captores. No se pinta como un héroe, aunque a veces lo parezca.

Que hable el propio autor: “sería absurdo (..) considerar la resistencia a la tortura como un criterio de moral absoluto”. Una reflexión humilde, modesta, alérgica a esa épica o heroicidad que envuelve al que resiste las torturas. En La escritura o la vida dijo que “No hace ninguna falta haber conocido los campos de concentración para conocer la angustia de vivir”. Otra vez relativiza sus experiencias. Sin jactarse de haber sobrevivido.

De esta manera consigue mantener el delicado equilibrio entre la confesión, entre el explicar abiertamente su experiencia, y el no caer en la autoglorificación de su comportamiento, o, al menos, del comportamiento que evoca en su relato. 

El libro es un retorno al campo de Buchenwald, pero no solo eso, como decía al principio. Ha vuelto con un relato diferente, con un aspecto, las torturas, hasta ahora inédito en su memorialismo. Nos encontramos al narrador habitual de Semprún, fronterizo entre el testimonial y el que inventa ficciones. Siempre hay un núcleo narrativo en los libros de Semprún: un hecho concreto, delimitado, específico, del que parte hacia adelante y hacia atrás. Del que se aleja y al que se acerca. Es un narrador en movimiento pendular. Empieza este relato, esta memoria, con las torturas; sigue con su paso por el Partido Comunista, sus años en clandestinidad; y termina en el campo, narrando la liberación, la sorpresa de los dos primeros americanos, un civil y un militar, en pisar el campo y ver que los deportados, aunque famélicos y exhaustos, están armados, y ríen. 

El narrador nos deja en tensión permanente con sus saltos temporales. Cada vez que se aleja del núcleo de su libro, es para volver con un matiz, con una pincelada nueva que agranda a ese núcleo: con la consecuencia, a largo plazo, de lo descrito en ese núcleo narrativo, o con los pasos previos que le llevaron a él. Sofisticando así el relato y creando un cuadro complejo, rompiendo con una linealidad que no acaba de ser natural en el recuento de una vida.

¿Pero son fiables su narradores? Esa es la gran pregunta cuando hablamos de Semprún. Sí y no. Como dice Fox Maura, “ninguna de sus obras es testimonio puro”. Pero, como dice ella misma más adelante, en la página 124, “Semprún mezcla constantemente dos estrategias, las frecuentes referencias culturales y la ficción, para ennoblecer una obra que (…) estaría rigurosamente basada en experiencias y recuerdos de primera mano”. El corazón de sus libros es siempre cierto, histórico, real y verdadero, aunque a veces lo adorne con algunos detalles ficticios. 

Ejercicios es un libro inacabado. Inacabado pero compacto. (El prólogo de Vargas Llosa no dice gran cosa, la verdad). Me hubiera gustado leer algunas páginas más sobre la tortura. Pero no por las descripciones o el morbo, inmaduro y frívolo, que puedan suscitar, sino por las reflexiones, brillantes e incisivas, de Jorge Semprún sobre el dolor físico, sobre cómo la condición humana cambia bajo la tortura (páginas 54 a 57). Y si ha tardado tanto en escribirse “esta historia, a forjarse esta reflexión, a redesplegarse esta memoria”, es por la misma parálisis que le impidió escribir El largo viaje durante casi veinte años. Cuando ya pudo escribir sobre el campo, cuando volvió a vivir, a través de la memoria y la escritura, aquellos horrores, no dejó de volver. Escribir para Semprún era volver. Y redescubrir. 

No aporta mucho al conjunto de su obra, es verdad, pero Ejercicios de supervivencia es un retorno al Semprún que ya conocemos, al que va y viene en su relato, al que ofrece lecturas inesperadas, imprevisibles, sobre hechos históricos decisivos, y al escritor superviviente, íntegro, que admiramos por su ejemplo. 

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