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La familia, destruida

Copio el último párrafo de la reseña que escribí sobre A la caza de la mujer:

Ellroy ha entrado a formar parte de una lista de autores norteamericanos que dinamitan el concepto tradicional de ‘familia’ entendida como pilar fundamental de la sociedad. En Estados Unidos, con esas casas usonian que tan bien encajan en el American Way of Life, aparecen autores que rechazan ese lugar común. La familia no es siempre un núcleo acogedor, feliz. A veces es el horror. Allen Ginsberg con Kaddish, Richard Ford con Wildlife, Jeffrey Eugenides con Las vírgenes suicidas, Jonathan Franzen con Las correcciones, David Vann con Sukkwan Island y James Ellroy con Mis rincones oscuros y A la caza de la mujer acaban de una vez con esa idea. El resultado: escalofriante. 



Cité, en el momento de escribirla, los textos que me vinieron a la cabeza. Poco después me acordé de los primeros libros de Bret Easton Ellis, Less Than Zero y The Rules of Attraction, en los que la familia simplemente no existe. Los personajes, todos jóvenes estudiantes universitarios, están solos y no tienen nada salvo su infelicidad y su soledad y su miedo y su crueldad. No hay nada que se parezca a una familia. Ahora, quiero añadir a Raymond Carver a esa lista. En especial su relato “The father”, obra maestra de página y media que encontramos en Will you please be quiet, please. El cuento gira en torno al bebé recién nacido que, arropado cómodamente en su cuna, concentra las miradas y el cariño de sus hermanas, de su madre, de su abuela. El padre está solo en la cocina, ajeno. Entre mimos y caricias, la familia empieza a preguntarse a quién se parece el bebé. ¿De quién son esos ojos? ¿Esos labios? Nerviosas, se dan cuenta que no ven ningún parecido razonable. Que sí, se parece un poco al padre pero ¿a quién se parece el padre? ¿A quién se parece el padre? No tiene sentido. Todas, menos la abuela, se giran para mirarlo. Está pálido.


La importancia del padre se revela a través de las descripciones del bebé, de la admiración que despierta en la familia. Pero hay algo raro. Algo no encaja. Vemos, en esa manera elíptica, cómo Carver, sin decirnos nada, nos muestra el pasado turbulento de la familia, que regresa ahora con la presencia del crío. La familia, que al principio creíamos ejemplar, se nos muestra llena de fisuras y rencores antiguos. Se derrumba. Se desmorona. Muere. No existe cohesión ni transparencia. Carver nos oculta el secreto de la familia pero sabemos lo suficiente, por la reacción del padre y de la abuela –que calla- para saber que se ha edificado ese ‘núcleo familiar’ sobre una mentira, sobre un pasado oscuro que subyace a la felicidad ejemplarizante de la familia. Queda una confesión por hacer. Página y media le basta al autor para radiografiar una institución que es, o quiere ser, como decía, la base fundamental de la sociedad. Como lectores, nos fascina la incógnita que abre el relato. No sabremos nunca qué ocurrió. Pero eso sólo es secundario: lo devastador es saber que hemos asistido al momento exacto en que una familia normal, vamos a decir, se convierte en una familia desestructurada y por lo tanto contraria a la imagen que ha proyectado siempre lo que conocemos como el American Way of Life. Por eso me parece especialmente significativo que en Estados Unidos se carguen -no encuentro una expresión mejor- la imagen meliflua y cantarina de la familia unida y feliz. Nada de eso.


También he visto esa destrucción de la familia en la serie Futurama, de Matt Groening y David X. Cohen. A diferencia de Los Simpson, Padre de Familia o American Dad, donde la historia gira siempre alrededor de la familia, los personajes, en Futurama, se reúnen siempre en el lugar de trabajo, y la familia, como en Easton Ellis, simplemente no existe. El núcleo familiar, tan evidente en las otras series, ha desaparecido en favor de la soledad extrema: el mundo de Fry es mil años más antiguo que el que le rodea (aunque ello no le afecte demasiado); Leela cree que es la única superviviente de una raza alienígena (para luego descubrir que es una mutante y que sus iguales viven en el sucio y húmedo alcantarillado de Nueva Nueva York); Bender, de un simpático cabronismo, es un robot incapaz de relacionarse con otros robots, y que depende de sus amigos humanos para escapar de sus tendencias suicidas; Hermes es el único personaje donde vemos los restos de lo que podríamos llamar ‘familia’: un hijo repelente y una mujer que a la mínima que puede le pone los cuernos. Todos están solos. La sensación de pertenencia, de sentirse parte de una familia, la encuentran únicamente, y de manera precaria y superficial, en el trabajo. La compañía y la calidez del semejante son algo lejano e inaccesible. No encuentran el consuelo y el alivio a su soledad en los lazos familiares porque ya no existe tal cosa. Parece que los creadores de la serie nos están diciendo que eso es lo que nos espera. Que nuestro futuro es un futuro sin nadie.

La literatura y la televisón se han erigido como las plataformas idóneas para cuestionar y criticar y desmontar el imaginario que desde otros lugares han impuesto a Occidente.

Pero la idea viene de Kafka. Quien acabó para siempre con la familia fue Kafka en La metamorfosis y en la Carta al padre. Nadie ha insistido en ese tema con la misma contundencia.





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