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En la selva gana el más fuerte (por lo visto)

El título de la película es enfermizo: Holocausto Caníbal. Dirigida por Ruggero Deodato en 1979, es muy representativa de la expansión del Terror italiano en los años 70, y sus ecos se pueden ver hoy, por el uso de la cámara en mano, en películas como The Blairwitch Project o Cloverfield o Rec.

Hay dos paisajes: la selva natural del Mato Grosso, en pleno Amazonas, y la selva urbana de Nueva York. El paralelo no es casual. Lo que debiera espantarnos no son las explícitas imágenes del horror primitivo, ni la antropofagia, ni la violencia extrema de algunas escenas, sino la prepotente actitud de los reporteros. Con arrogancia, viajan al corazón de las tinieblas para arrancarlo de cuajo porque les parece irracional y equivocado, y ellos, portadores de la razón, deciden que han de acabar con eso.

Enmascaran sus intenciones con un supuesto reportaje que harán sobre la población autóctona. Cuando se les empieza a ir de las manos, cuando su arrogancia y su inconsciencia y su osadía cruzan el límite de lo razonable, lo pagan caro.

Hay varios movimientos en la película. El primero: el grupo de periodistas llega al Amazonas, proveniente de Nueva York, para estudiar y documentar, en la medida de lo posible, una tribu antropófaga. Al cabo del tiempo, sus colegas de la Universidad les pierden la pista.

El segundo movimiento: otro grupo, esta vez un profesor universitario y un par de guías, se adentra en la selva siguiendo las últimas pistas que tuvieron de sus predecesores. El segundo grupo tiene un objetivo más maternal que investigador: quieren saber qué ocurrió con los periodistas. En consecuencia, su actitud con los nativos es mucho más respetuosa que la de la expedición anterior. Sobreviven.

El tercer movimiento es la vuelta a casa del segundo grupo. Con la sabiduría de que todos han muerto, viajan a Nueva York para visionar el metraje que encontraron en el último poblado que albergó a los periodistas. Y es ahí donde salta el verdadero horror de la película. A medida que avanza la grabación se va desmoronando el mito de los legendarios exploradores perdidos. Su propia obra se encarga de desmitificarlos. Ven -vemos- cómo su valentía era en realidad una mezcla de inconsciencia y arrogancia. Ven -vemos- que de filantrópico y afán investigador tenían nada, absolutamente nada, y que lo único que ocurría es que eran un grupo de niñatos adinerados, más salvajes y menos humanos que los miembros de la tribu que en teoría habían ido a estudiar. La idea de hacer un documental con la historia de estos héroes cae por su propio peso al ver lo que hicieron. Otro golpe a la arrogancia occidental.

Por otra parte, la música, como en Zombi 2 de Lucio Fulci, sobrecoge. Las películas de terror suelen ser oscuras. Holocausto Caníbal no. El efecto que produce la oscuridad, la negrura, ese ambiente asfixiante y tenebroso, es suplido aquí por una música peor que la oscuridad. Aunque los paisajes estén llenos de luz, percibimos la locura de la historia por sus imágenes cruentas y por la música; una música que nos hace desear la sordera. A esta música, sin embargo, hay que añadirle una segunda mucho más alegre y festiva, que aparece en momentos puntuales; eso es, precisamente, lo que nos impacta: una música alegre para un mundo peor que la muerte. Esa contradicción nos paraliza.

Herencia:
Turistas, de John Stockwell, recoge la tesis propuesta por la película. Algo más taimada, Turistas castiga la actitud de unos jóvenes postuniversitarios despreocupados e insolentes, de viaje por Brasil. Ellos también pagan cara su actitud.

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